Volví a mirar por la ventanilla, buscando un punto fijo entre los claros de nube. Era cierto, volábamos en círculo, tratando de ganar tiempo y al mismo tiempo de quemar todo el combustible. Una mujer joven: treinta años, morena, bonita, sollozaba abrazada a un hombre de edad similar que le tocaba con cariño la cabeza.
Recordé el mensaje de mi asistente y tomé mi celular. Pulsé el dedo sobre la superficie táctil y lo desplegué.
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Apareció a pantalla completa, luego abajo: «Si quieres decodificarlo, presiona Y». Lo hice. Primero un fondo negro y después una pregunta: «¿Deseas verificar el mensaje a través de PGP? Y/N», también acepté, más para seguirle el juego a mi asistente que por creer en la seguridad de un software gratuito de encriptación. Con lo que tiene el gobierno moviéndose a través de la nación virtual ya no era tan fácil (ni sano) dedicarse a hackear o a burlar sistemas, si quieren leerte el correo erótico que enviaste a una chica de trece años de Yokohama lo van a hacer y si tienes mala suerte, te van a apresar por ello, aunque a nadie le interesen las adolescentes de Yokohama. «Felicitaciones, te has ganado el gran osito color de rosa», se escribió luego sobre la cubierta traslucida del teléfono.