«Entonces insiste en la tesis de que el general Augusto Pinochet aceptó liderar el golpe de estado de 1973 por orden de una sociedad secreta».
–Lo insisto –contesté en automático.
–¿La logia Lautarina?
–Los procesos políticos más importantes en la historia de Hispanoamérica han sido guiados por los hilos de este grupo. Desde la independencia de nuestros países y el sueño bolivariano, pasando por los golpes de estado del siglo pasado, la revolución cubana, la unidad popular de Allende y terminando en la reciente crisis venezolana, el Chernobyl brasileño y el alzamiento de las minorías indígenas de Chile y Argentina. Todo obedece a un plan cuidadosamente orquestado por un grupo cerrado del cual yo no he inventado nada, salvo investigar sus acciones.
–¿Y cual sería la gran finalidad de esta organización?
–Existen muchas –fui evasivo, luego me expliqué–: Pero si me apuras, yo adhiero a la idea de concretar el sueño de Bolívar y de Miranda: convertir Sudamérica en un gran estado conjunto, un país continente confederado.
–Como Estados Unidos.
–Francisco de Miranda solía hablar de los Estados Unidos de Sudamérica y Colombo. Algo de esa idea fue concretada en la gestación de la Gran Colombia en 1821, que podría haberse extendido al resto del cono sur de no ser por las rencillas de Bolívar con los otros caudillos de la Independencia, como San Martin u O´Higgins, miembros todos de la logia. Pero en fin, todos sabemos en qué y cómo acabó lo de la Gran Colombia en 1831, ¿no?
Volví a mirar por la ventanilla, buscando un punto fijo entre los claros de nube. Era cierto, volábamos en círculo, tratando de ganar tiempo y al mismo tiempo de quemar todo el combustible. Una mujer joven: treinta años, morena, bonita, sollozaba abrazada a un hombre de edad similar que le tocaba con cariño la cabeza.
Recordé el mensaje de mi asistente y tomé mi celular. Pulsé el dedo sobre la superficie táctil y lo desplegué.
7 2 20 17 1 20 9 4
4 12 3 11 11 3 17 21
20 3 19 5 2 15 16 2
Apareció a pantalla completa, luego abajo: «Si quieres decodificarlo, presiona Y».Lo hice. Primero un fondo negro y después una pregunta: «¿Deseas verificar el mensaje a través de PGP? Y/N», también acepté, más para seguirle el juego a mi asistente que por creer en la seguridad de un software gratuito de encriptación. Con lo que tiene el gobierno moviéndose a través de la nación virtual ya no era tan fácil (ni sano) dedicarse a hackear o a burlar sistemas, si quieren leerte el correo erótico que enviaste a una chica de trece años de Yokohama lo van a hacer y si tienes mala suerte, te van a apresar por ello, aunque a nadie le interesen las adolescentes de Yokohama. «Felicitaciones, te has ganado el gran osito color de rosa», se escribió luego sobre la cubierta traslucida del teléfono.
“Mientras caía desde el séptimo piso del Hotel Dorchester sobre Park Lane Avenue, Dean Darrow entendía que aquella advertencia que había recibido hacía pocas semanas, estaba lejos de ser la broma imbécil de un fanático. Tal vez en verdad no había que escribir sobre «cierta gente y sus asuntos», por más dinero que esa «cierta gente y sus asuntos» pudieran reportar. Cerró los ojos y trató de estirar los dedos, eso que habían marcado en su espalda le ardía mucho, del infierno, pero ya no tenía importancia, en menos de un segundo su cuerpo obeso, de noventa y seis kilos de peso, se estrellaría contra el techo de un sedán Daimler que tuvo la mala suerte de salir del parking del hotel a esa misma hora”.
“La perspectiva no podía ser mejor. Tanto, que estoy seguro que ni el más hábil de los fotógrafos habría conseguido una postal más precisa. La luna llena había conseguido colarse entre las nubes para aparecer justo en medio de la apertura rectangular que formaban los diez pisos superiores del World Financial Center, el edificio más elevado de Shanghai y el cuarto más alto del planeta. Pensé en tomar el teléfono y conseguir una buena instantánea, pero soy tan malo detrás de una cámara que el esfuerzo habría sido en vano. Hace pocas horas, Michiko, la piloto del equipo de producción, una japoamericana nacida en Kyoto pero criada en San Diego, me desafió con que era capaz de pasar su helicóptero por el agujero de la torre, incluso me asustó dirigiendo su Agusta-Bell de rotores basculantes contra el coloso de casi quinientos metros de altura. En verdad pensé que lo iba a hacer. Ella aprovechó mis nervios para pasar un buen rato y justo antes de venirse contra el rascacielos, giró la palanca de mando y llevó a la nave lejos del edificio, hacia el centro de Pudong”.